Para quienes aman a Dios, todo contribuye para su mayor bien: Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho, de suerte que aún a quienes se desvían y extralimitan, los hace progresar en la virtud, porque se vuelven más humildes y experimentados.

SAN AGUSTÍN

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sábado, 26 de febrero de 2011

COLOMBIA Y EL DESARROLLO. Por LAURA VALBUENA

LAURA VANESSA VALBUENA OÑATE.
Correo. lauraval921130@hotmail.com




Pensar en que hacemos parte del mundo del intercambio era tal vez inimaginable para nuestros abuelos. Aunque nos esforzamos por predecir lo impredecible no es difícil hoy para nosotros pensar en interrelaciones, interdisciplinariedad e internacionalización aún cuando al Estado Colombiano le falte avanzar mucho más en la inserción al fenómeno globalización.
Si bien, en este artículo no trataré de hacer una receta de cómo ir a la vanguardia ni de las falencias de la nación, centro este apartado en lo llamativo que resulta Lauchin Currie, un “misionero” que se atrevió a producir un modelo de desarrollo calcado para el caso Colombia y lo insignificante que llegó a ser para nuestra historia; donde al parecer, sólo hay cabida para Bolívar, Bolívar y (…) los conservadores.

El Sr. Currie llega a Colombia como delegado del Banco Mundial para elaborar, como ya se ha dicho, una estrategia conjunta para potencializar la economía del país. Sin embargo, y antes de dar las apreciaciones finales hay que admitir que en Colombia, a Currie no se le hizo caso. Cuando hace 60 años, hablábamos de escasas construcciones y un atraso multiforme en el campo, Currie se atrevió a hablar de empleo y de infraestructura. Muy Keynesiano el señor, departía sobre la responsabilidad del Estado en crear puestos dignos, así surgieran de dañar las calles y volverlas a construir –bien, suena descabellada la idea, pero así logró salir Estados Unidos de la crisis del 29-, era muestra de que para lo que hemos convenido denominar el Caso Colombia, todavía había un país por improvisar. Desde la unidad más básica, que son las ciudades, Currie formuló una revolución que dista de protestas informales o cambios de gobiernos; formuló la “revolución del desarrollo”, sin los intereses de hoy en día pero visionando las necesidades que acosan este siglo; el siglo del conocimiento.

Dedico este artículo a Lauchin Currie, quien falleció el 23 de diciembre de 1993 y nos dejó el legado de la visión a largo plazo y murió intentando ser escuchado. Sorprendente resulta la idea de un canadiense que vino enceguecido al país y lo conoció tan bien en tres años que diseñó el plan de las “cuatro estrategias”. Habló de urbanización cuando hace 60 años atrás ni siquiera existían quienes habitaran las construcciones; era él un obsesionado con la industrialización del campo, con el aprovechamiento de las materias primas y con la arquitectura de medios de transporte que hicieran fácil el acceso desde la capital hacia las zonas periféricas. Ya Currie identificaba como males sociales la mala asignación en los recursos, la pobreza, el hacinamiento y el bajo rendimiento. Es absurdo aunque cierto reconocer que el gobierno fue el principal opositor para la mecanización y tecnología de la agricultura; el objetivo que perseguía la propuesta planteada por Currie no era directamente un crecimiento en el PIB en tanto este debería ser una consecuencia del desarrollo.

Las “cuatro estrategias”: Exportaciones, infraestructura, productividad en la agricultura y mejor distribución de los recursos, reconocía a su vez que enormes potencialidades existían en el sector de la construcción pero había inconsistencia para explotarlas debido a que no existía un diseño urbano para garantizar un ordenado crecimiento de la demanda.
Algunos se preguntarían entonces si desarrollo es compatible con el completo abandono del campo; ante esto, Currie sostenía, ciertamente que la elasticidad de la demanda de los productos agrícolas puede afectar a los pequeños agricultores y sus ingresos, por consiguiente la respuesta para combatir la pobreza social estaba en la creación de más puestos de trabajo en la ciudad, en bienes con renta alta y gran demanda y que no estén susceptibles (como los productos agrícolas) de ser extremadamente elásticos. Con la división del trabajo y la especialización unos se encargarían de alimentar a la nueva clase media que surgiría con el tiempo.
Para Currie el desarrollo se evidencia en países que tienen control efectivo sobre su desarrollo físico, social, político, económico y ambiental. Para Colombia, una política que promueve la creación de alternativas de empleo que aumenten la producción de bienes y servicios deseados, la canalización del ahorro hacia la financiación de vivienda de ingresos medios y edificios comerciales, es algo que puede ser obvio desde hace unas dos décadas, pero el Señor Currie fue capaz de verlo hace medio siglo.

En conclusión, hace 60 años alguien vio lo inimaginable. Hace 200 años Bolívar habló de la “Gran Colombia”. Hace algunos años, que son muchos a la vez, la globalización comenzó a aparecer en las mentes más brillantes. Evidentemente no es excusa para el subdesarrollo la ausencia de estas mentes brillantes, es más, el problema de fondo es que persiste la ignorancia de muchas que siguen hoy en día sufragando a favor de gobernantes que viven del erario público; regalan a dedo contrataciones y piensan en que el “Transporte del Milenio” es un articulado rojo y no un metro.


LAURA VANESSA VALBUENA OÑATE.
Correo. lauraval921130@hotmail.com

BIBLIOGRAFÍA
• Currie, L. (1978) The Objetives of Development. Revista World Development. Volumen 6, Issue 1, January 1978. Pages 1-10.

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