Para quienes aman a Dios, todo contribuye para su mayor bien: Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho, de suerte que aún a quienes se desvían y extralimitan, los hace progresar en la virtud, porque se vuelven más humildes y experimentados.

SAN AGUSTÍN

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viernes, 21 de enero de 2011

Agarrón familiar por el Festival Vallenato

por ALONSO SÁNCHEZ BAUTE

Al año siguiente a la muerte del presidente López Michelsen (2008) –ideólogo del Festival Vallenato al que luego dieron forma Consuelo Araújo Noguera, Rafael Escalona y Miryam Pupo Pupo‒, el presidente de su Fundación, Rodolfo Molina Araújo, pidió a su prima hermana, María Consuelo Araújo Castro que se encargara de la organización de un foro –que luego se convirtió en panel‒ para homenajear la memoria de quien fuera uno de los vallenatos más insignes (López Michelsen se tiene por tal pues su abuela, Rosario Pumarejo, nació y creció en Valledupar).

Araújo Castro, ex canciller y ex ministra de Cultura, buscó el consejo de los hijos de López Michelsen para que fueran ellos quienes designaran a los oradores del evento. Felipe y Alfonso sugirieron a Álvaro Castaño para que expusiera su semblanza cultural; a Jaime García Parra, quien fuera ministro de Minas durante el Mandato Claro, para que se encargara de contar la visión de López frente a los hidrocarburos y; a Álvaro Escallón, para que se refiriera a la amistad. Por su parte, Juan Manuel dio el nombre de Ernesto Samper Pizano para que adelantara una ponencia sobre el López político.

El evento, desarrollado en la biblioteca de Valledupar, tuvo momentos de alegría y otros de mucha emotividad. Cerró con la voz de López Michelsen grabada en una entrevista concedida a la HJCK ‒quien también guarda la grabación de este mismo homenaje‒ donde el presidente advierte que quisiera ser recordado como un hombre feliz. Acto seguido, María Consuelo Araújo, en su papel de moderadora, invitó a los asistentes a un almuerzo en una sala vecina.

Varios testigos recuerdan entonces una voz engolada cargada de verborrea que provino de entre los asistentes. Se trata de una de esas voces cuyo dueño no tiene que identificarse porque es su sello y marca de reconocimiento en el país: la del abogado Evelio Daza Daza, quien se quejó con Araújo por no haberlo llamado al estrado para leer la ponencia que sobre el presidente él había juiciosamente escrito.

“Para mi fue una sorpresa”, recuerda de ese momento Conchi Araújo. Según afirma, ella nunca fue informada de que La Polla Monsalvo ‒la presidenta de la Fundación Festival Vallenato antes de Molina Araújo‒ hubiera enviado a Evelio Daza no sólo una invitación por escrito para participar en tal evento sino incluso los tiquetes de avión para que se desplazara de Bogotá a Valledupar (tiquetes que él asegura haber devuelto).

Al día siguiente, muy temprano en la mañana, el periodista radial Carlos Quintero Romero entrevistó a Evelio Daza en su emisora Maravilla Estéreo mientras Rodolfo Molina Araújo habló en nombre de esta fiesta que en abril cumplirá 44 años. Buscando no hacer una tormenta en un vaso de agua, Molina minimizó el error, lo que también fue un error. Según sus propias palabras, repetidas a los cuatro vientos en Valledupar, Daza Daza luego lo amenazó: “Me vas a pagar el haberte burlado de mí”, dicen que dice que dijo.

Pocos meses después, Evelio Daza instauró una demanda en contra del Festival alegando que los terrenos donde fue construido el parque que hospeda a la famosa fiesta desde principios de siglo pertenecen a manos particulares. “Yo no había visto cosa que le haya dolido más a Evelio Daza Daza, que la vetada de la familia López a participar en el foro sobre la vida del doctor López Michelsen en el festival”, escribió Fredis Montero Cabello, un reconocido personaje del “mundo vallenato”.

De ser esto cierto, Evelio Daza convirtió un resentimiento personal en el estandarte que tiene pendiendo de un hilo el evento folclórico más importante del país. El mismo al que, en lo que parece ser un entierro de décima, le arrastran tierra toda suerte de enemigos familiares, personales, políticos y los gratuitos que nunca faltan, entre quienes se cuentan espontáneos de los medios de comunicaciones que azuzan sus malquerencias desde la barrera como una forma de demostrar interés por lo que antes nunca les importó: todo el que ha querido revolver sus entrañas ha sazonado estas aguas aprovechando que la tribuna exige sangre. Esto es lo que ahora hay: un sancocho de odios y resentimientos.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que Daza Daza fue una persona muy cercana a Edgardo Maya Villazón, viudo de Consuelo Araújo y padrastro del presidente de la Fundación. La misma Cacica fue una amiga tan dilecta de la familia de Evelio que, tras el asesinato de uno de sus hermanos, asumió el micrófono para evocar en público –como muchos todavía recuerdan en la ciudad‒ ese poema que Manuel Hernández escribió tras la muerte de su entrañable Ramón Sijé: “Tanto dolor se agrupa en mi costado/ que por doler me duele hasta el aliento”.

Quizás por esto Daza Daza arguye que sus motivaciones tienen otro origen: a finales del mandato de Hernando Molina Araújo como gobernador del Cesar, le escuchó decir en una entrevista radial que de la gobernación pasaría a la presidencia de la fundación, “porque fue el legado que heredé de mi madre”. Fue esta frase, asegura el abogado, la que lo convenció de la necesidad de “democratizar el festival, una fiesta que es patrimonio de todos y no de una sola familia”. La verdad es que el festival siempre ha sido de todos. Pero lo organiza una sola familia con dineros que han provenido tanto del sector privado como del Estado. He aquí el quid.

La historia que se cuenta a continuación es triste, pues detrás de envidias, cizañas, triquiñuelas propias de brujas e intrigas políticas manoseadas con letra menuda, están acabando una tradición que llenó de orgullo y gloria a un pueblo que hace cuarenta años pasaba inadvertido en el croquis nacional y, gracias a esta fiesta de acordeones y piloneras, cobró fama allende los muros de la patria. Como en el cuento infantil, Valledupar está a punto de matar la gallina sin reflexionar sobre lo que significará perder sus huevos de oro.

Para comenzar, aclaremos definiciones, pues las palabras –que suelen ser exactas‒ ayudan a confundir. Es cierto que el Festival Vallenato es patrimonio cultural de Colombia. Pero, como diría Clinton, “Es la economía, estúpido!”: no es este el patrimonio que está en juego, sino el material. De hecho, la pelea no es por la fiesta en sí sino por el lugar donde se realiza, aunque es claro que se necesita del segundo para que suceda la primera al tratarse de un evento alrededor de cuya tarima se congregan anualmente más de treinta mil personas. Si no es en ese parque, ¿dónde?

Es la primera vez en mi vida que hablo con Evelio Daza. Lo entrevisto en el amplio patio de la moderna mansión en la que habita durante sus estancias en Valledupar –vive a lomo de mula entre Bogotá y la capital del Cesar‒: una elegante residencia de dos plantas resguardada por altas rejas camufladas entre ramas de árboles de mango. Al timbrar, los primeros en aparecer son dos guardianes que atemorizan al visitante con sus potentes ladridos: un sharpei de pelo negro y un gran danés que, a pesar a su enorme tamaño, se ve disminuido entre los generosos espacios de la mansión (ya luego, durante la entrevista, los que parecían cancerberos infernales se dejan acariciar el lomo sin precauciones. Y hasta baten la cola).

Evelio me saluda con un fuerte abrazo: es amable en su trato aunque, durante la conversación, cada vez que sus palabras necesiten protagonismo recurrirá al mismo tono que el país le conoce (no es que grite sino que habla muy alto). Como sus perros, lo que asusta, luego pasa a ser manso: tan pronto capta la atención de su escucha deja de usar palabras oprobiosas para referirse a los demás y se expresa con los decibeles normales de cualquier persona. Llega a ser tan cálido buscando la aceptación que sonríe entre frases, cuidándose siempre de hablar de pruebas entre cada línea que pronuncia. Habla como político en campaña, enfatizando palabras en nombre propio, como demócrata, democracia, democratización y moralidad pública, contra aquellas utilizadas en tercera persona, como raponazo, corruptela, aberrante y apropiación indebida.

Con anterioridad a esta visita me ha enviado a mi correo copias de los documentos que ha presentado en el proceso en cuestión. La historia que ha convertido en su medalla de honor es la siguiente:

“Interesada la Fundación Festival Vallenato en tener su sede propia, su presidencia (en tiempos de Consuelo Araújo) negoció un predio de nombre La Esperanza con el doctor Diomedes Daza Daza, muerto meses después por un sicario, de un total de ocho hectáreas por las cuales aparece un egreso en la contabilidad de la Fundación por la suma de 43 millones de pesos que se le habrían pagado al doctor Diomedes.

En los vaivenes de la política, que no entramos a calificar ahora, en ese lote apareció construido el Colegio Loperena La Esperanza, obra del entonces gobernador Lucas Gnecco Cerchar, posteriormente archienemigo del Festival Vallenato pero, ante todo, de las familias Araujo y Molina.

Pero así como los miembros comunes de la Fundación Festival Vallenato fueron informados del pago a Diomedes Daza por el lote de ocho hectáreas, nunca tuvieron a la vista el convenio de cesión de un bien llamado lote que por arte de birlibirloque fue a dar a manos de la Gobernación, porque fue el ente departamental el que finalmente recibió escritura del predio La Esperanza en razón al pago que esta entidad, la Gobernación, le hiciera al doctor Diomedes Daza. Salta, pues, a la vista que la Fundación, que se preconizó propietaria de un lote, nunca lo tuvo en verdad”.

Según palabras de Evelio Daza Daza, este terreno -clasificado como bien de uso público- ubicado en la que hoy día, luego de la construcción de un moderno centro comercial hace apenas un par de años, es la zona de más alta valorización de Valledupar, “inicialmente destinado a ser parque de la comunidad para la realización del Festival Vallenato y sobre cuyo suelo el Estado invirtió cuantiosísimas sumas de dineros en su construcción, terminó de la noche a la mañana, convertido en propiedad privada de la familia Molina Araújo, que es lo mismo que decir Fundación Festival de la Leyenda Vallenata”.

Andrés Alfredo Molina Araújo, abogado de su familia, afirma que tiene documentos que confirman la propiedad de la Fundación sobre el lote, y es enfático advirtiendo que las palabras de Evelio Daza son falsas porque “la Fundación es una cosa y, la familia Molina, otra. Estos son sólo seis mientras que de aquella hacen parte treinta y dos personas, la mayoría de los cuales trabajaron hombro a hombro con La Cacica”.

Junto con Dario Pavajeau y otros nombres de amplio reconocimiento en la ciudad, Molina se refiere a La Polla Monsalvo, Nora Angarita, Omaira Herrera, Lourdes Baute y otras mujeres a quienes la antropóloga Gloria Triana llamó en su momento “las misioneras del vallenato”, por trabajar toda la vida gratis en la realización de esta fiesta. Igual cosa asegura de sí mismo Andrés Molina: “Ninguno de los hijos de Consuelo Araújo deroga algún emolumento económico por organizar el Festival. Todos los cargos son ad honorem con excepción del personal administrativo”.

Volviendo a lo de la no titulación de tierras, vale decir que ello sucedió en el año 2000, en vida de Consuelo, por lo que llama la atención que la preocupación de Daza Daza por su restitución haya salido a flote hace tan brevísimo tiempo. En todo caso, para no entrar en detalles que podrían confundir –y hasta aburrir‒ al lector común, saltemos la historia hasta cuando el doctor Evelio Daza instauró este proceso de restitución de bienes dentro de su preocupación por “democratizar el Festival”. Esto sucedió cuando un tercer protagonista cambió de nombre a mitad de la escena. El Procurador General de la Nación, que antes fue Edgardo Maya Villazón, ahora es un abogado santandereano que cobra interés repentino –y en ascenso‒ por la música y el festival vallenato, por lo que a nadie le sorprenderá saludarlo este año por vez primera en alguna parranda de las que se realizan en las épocas abrileñas.

De hecho, en noviembre de 2010 el Procurador General, Alejandro Ordoñez, “en histórico precedente –cuenta Evelio Daza Daza-, se trasladó a Valledupar y, en rueda de prensa, fue enfático en afirmar que el parque es propiedad del municipio y conminó al Alcalde, que estaba allí, a exigir la devolución de este importantísimo bien, anunciando además que había instaurado una acción popular contra los acuerdos del Concejo de Valledupar, y de la escritura en virtud de la cual la familia Molina Araújo consumó su raponazo”.

Hace un tiempo, la española Salud Hernández también metió baza en el asunto al contar que “La Fundación no sólo vende las boletas, cuyo número exacto se desconoce, y se queda con el dinero, sino que obliga a las casetas, a todo vendedor ‒a los que carnetiza‒, o lo que instalen en el recinto, a pagar un peaje.

También cierran otros lugares y cobran por la entrada y por el espacio público, como el Coliseo de Feria, La Pedregosa… Y los patrocinadores -Comcel, Bavaria, Old Parr, entre otros- pagan una cantidad que tampoco la Fundación revela. ¿A dónde va esa plata? Al mismo saco, suponemos, porque desde 1987, año en que la Fundación se hace cargo del Festival (entonces celebrado en la Plaza Alfonso López), sólo hicieron un reporte y no es confiable, al carecer de soportes y detalles”.

El festival es la joya más valiosa de la corona de Valledupar. Su éxito –y el de La Cacica‒ ahora se reclaman. “En Valledupar no importa el beneficio personal o colectivo sino joder al otro”. La frase la escuché de boca de un reconocido gestor cultural que me rogó reservarme su nombre. Le cumplo, pero transcribo lo que dijo a continuación: “El de Evelio es un show de pelea de gallos donde se enfrenta un gallo espuelón con otro que no ha perdido ni una sola pelea”. La metáfora no puede ser más exacta: el pueblo exige sangre y la arena está caliente. Tratándose de una joya tan preciada, ¿no habría sido mejor negociarla con cabeza fría?

Andrés Alfredo Molina reconoce “que ha habido fallas en el manejo del Festival: es cierto que la Junta Directiva debería ser más democrática”, mientras lamenta que la fiesta que dio grandeza a su tierra “esté siendo cuestionada y deslegitimada a modo de cuenta de cobro por los enemigos políticos de los Araújo”. Lo dice afirmando que Evelio Daza es “el muñeco de un ventrílocuo que permanece oculto”.

En Valledupar se ventilan varios nombres que hablan de la erisipela que la familia Araújo genera en el país tras aglutinar un desmesurado poder político y social, al estilo del hibris de la Grecia clásica, durante los últimos años. Siendo el Festival el último bastión familiar, su entrega ¿saciaría este odio?

En todo caso, según escuché en labios de Jaime García Márquez, “la historia no es generosa con las empresas culturales que pasan a manos del Estado”. Irónicamente, hace unos años, cuando el Carnaval de Barranquilla enfrentó una de sus peores crisis organizativas, tomaron como ejemplo el Festival Vallenato para privatizarse. El Festival de Cine de Cartagena, con sus logros y aciertos, se mantiene activo por similar razón, lo mismo que el Festival Iberoamericano de Teatro, en contra de las tormentas que han venido enfrentando las fiestas del mar desde cuando la alcaldía de Santa Marta se adueñó de sus cuarteles.

Organizar una fiesta de la magnitud del Festival Vallenato no es tarea que se aprende de la noche a la mañana (los últimos cuatro días de abril de cada año han entrado a la ciudad hasta ochenta mil visitantes que han movido un turismo de entre doce y quince mil millones de pesos. Enfatizo para evitar malos entendidos: no es a la Fundación Festival Vallenato adonde ha llegado este dinero –a las cifras que los Molina manejan las resguarda un hálito de misterio- sino al sector del turismo en Valledupar). Valledupar ni siquiera tiene secretario de cultura o de turismo. ¿Quién le pondrá la cola al burro?

Evelio Daza Daza dice que tan pronto gane su pretensión, en adelante la fiesta pertenecerá a todo el pueblo. Tal cual ocurre hoy día. Pero, ¿quién la organizará? Evelio es abogado de la Nacional y fue su decano más joven –cuando tenía 26 años-. Luego se dedicó a la docencia en materias de penal. En el ejercicio del derecho condujo dos de los procesos más sonados –y rocambolescos- de los últimos años. Aquel contra Royne Chávez, el ex de Marbel, y el de Diomedes Díaz por el asesinato de Doris Adriana. En ambos casos los acusados terminaron en la cárcel.

La revista Semana lo definió en una entrevista como un hombre de “ademanes histriónicos y acento de costeño cachaquizado”. La página en Facebook de apoyo a su causa lleva el nombre de “Por un festival vallenato democratizado”. Suena rimbombante pero ya tiene cuatro mil seguidores versus casi veintiún mil que apoyan la página oficial del Festival. Esta cifra no importa, pues las posibilidades de ganar el pleito están de su parte. Por eso, más allá de lo jurídico, no se tenga la siguiente como una pregunta venenosa sino como una preocupación práctica: ¿cómo aterrizará tanta verborrea? Se lo pregunté. “Queremos que toda la ciudad esté de fiesta”. Tal fue, exacta, su respuesta.

Tal cual lo afirma una de las personas que más ha contribuido en las relaciones públicas del Festival Vallenato, que pidió para su vis reserva, lo único bueno que tendría el final que se avizora de esta fiesta es que ”de nuevo volverán las parranditas caseras, aquellas que las marcas y el marketing han venido acabando con el festival”. Si aquello sucede, la pregunta obligada es ¿logrará el Festival renacer de sus cenizas?

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