Para quienes aman a Dios, todo contribuye para su mayor bien: Dios endereza absolutamente todas las cosas para su provecho, de suerte que aún a quienes se desvían y extralimitan, los hace progresar en la virtud, porque se vuelven más humildes y experimentados.

SAN AGUSTÍN

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martes, 5 de octubre de 2010

Actitud mental

El éxito o fracaso de nuestras acciones no siempre coincide con nuestra percepción particular de ello, depende de nuestra actitud mental.

El desarrollo de una actitud mental positiva es fundamental para valorar el éxito real de nuestras acciones. El éxito real, a veces, nada tiene que ver con los resultados inmediatos o aparentes. La diferencia entre el éxito o el fracaso reales y los que son falsos o aparentemente considerados radica en la postura que asumimos frente a las situaciones que la vida nos presenta, en la capacidad de autoestima que tengamos y en la forma como nos relacionemos positiva o negativamente con los demás.

No confundir el éxito con la eficacia

Nos ocurre a menudo que confundimos el éxito en nuestros trabajos y empresas personales, ya sean individuales o grupales, con la eficacia. Y eso es muy peligroso. Nuestra sociedad postmoderna nos ha metido a todos la idea de la inmediatez y el pragmatismo radical: “lo quiero todo y todo ahora”, “las obras valen si vemos el fruto ahora”. Si no percibimos el éxito de inmediato, dejamos de trabajar y actuar porque consideramos “ineficaz” lo que estamos haciendo.



El ejemplo de los constructores de las antiguas catedrales

Los constructores de las grandes catedrales de nuestro rico y antiguo patrimonio histórico sabían que el fruto de su esfuerzo no lo verían realizado del todo, pues tardaban más de un siglo en finalizar las obras, pero que merecía la pena dejar esta maravilla a las generaciones venideras. Veían compensado su trabajo con la idea de que otros recogerían el fruto de su sacrificio, como ellos también habían recogido el fruto del sacrificio de sus antepasados. Esta eficacia a largo plazo les garantizaba un sentido a la continuidad de su obra y les animaba a seguir luchando ante las dificultades, aunque sabían que en cualquier momento algún enemigo invasor o catástrofe natural podía destruir de un mazazo todo lo realizado. La motivación y el valor de su trabajo no consistía en la percepción del éxito ante sí mismos o ante los demás, sino en la fuerza de su buen hacer, es decir, en su eficacia. Por eso, aún fracasando en su realización definitiva, habría merecido la pena el intento.

Pero hoy todo es funcional y trata de responder a las necesidades del momento presente, sin tener en cuenta la belleza de la obra y su proyección futura.El ejemplo de la abnegación y tesón de los constructores de la bellas y antiguas Catedrales nos enseña a valorar el trabajo por sí mismo, independientemente de los frutos, que en un principio no acertamos a ver, ni pensar, pero que seguro recogerán otros.

La educación como una siembra lenta y eficaz

Esto vale muy bien para el mundo de la educación, tanto en la familia como en la escuela. El educador debe saber que su lenta y cansada labor ante el educando (al que no se le aprecia interés, ni progreso, es decir, aparentemente sin frutos) es un trabajo de siembra…..Debe tener esperanza en que lo sembrado está ahí oculto. Los valores aprendidos desde la fuerza de un testimonio vivo por parte del educador no se olvidan, aunque estén aparcados a un lado. Los acontecimientos cruciales de la vida se encargan de recordarlos y hacer que lo aprendido pueda salir a la luz en el momento más insospechado, quizá cuando ya no estemos para verlo. Nada sembrado con buena fe y amor, aún en medio de los errores y limitaciones humanas, es inútil o ineficaz, aunque lleve por encima una capa de fracaso y frustración. Todo lo enseñado queda y permanece de alguna manera.

El ejemplo del bambú japonés

Dicen que el bambú japonés es sembrado y, durante más de siete años, la semilla no experimenta ningún cambio aparente, ni el más mínimo brote o síntoma. Sin embargo, un día determinado comienza a crecer a una velocidad asombrosa y en pocas semanas alcanza una altura indescriptible. ¿Qué ha pasado, pues, durante esos siete años? Sencillamente, que ha sido un periodo necesario de lenta gestación, donde la semilla se ha ido nutriendo con una fuerza interior eficaz, aunque aparentemente no exitosa, preparando el inesperado y maravilloso despertar del bambú.

Así pasa en nuestra vida. El éxito y el fracaso son ideas que están en nuestra mente, y son ajenas a la eficacia de nuestro trabajo. Aún en el supuesto que el fruto nunca llegara a aparecer, si creemos que ha merecido la pena el esfuerzo y hemos sido felices al intentarlo, eso mismo ya es un éxito. A veces los frutos van en una dirección distinta a la que creemos. Puede que la obra fracase, pero ha dejado la huella en nosotros, nos ha ayudado a superarnos como personas, a salir de nuestro egocentrismo para comunicarnos con los demás y aceptar su colaboración y ayuda, a saber reconocer nuestra debilidad y errores, que ya es bastante…….Entonces ha habido frutos, siempre los hay, lo que pasa es que no hemos sabido verlos donde realmente están por nuestra terquedad y orgullo de querer que todo salga como lo deseamos en la imaginación. El primero que se beneficia del trabajo bien hecho es el que lo hace.

La filosofía budista

Ya decía Buda que una cosa es el dolor, que existe y es inevitable, y otra el sufrimiento, que es la no aceptación del dolor. Para él, el sufrimiento lo crea la propia mente del hombre al resistirse al dolor y se puede eliminar si se eliminan sus causas. Una de las causas de este sufrimiento son los deseos, pues siempre ponemos la felicidad en su cumplimiento. Si no deseamos, no sufrimos, pues aceptamos los problemas, “sin hacerlos problema”, es decir, como algo inherente a la condición humana. Las dificultades nos construyen y hacen crecer, aunque nos empeñemos en evitarlas. Si no deseo vivir sin dolor, ya no sufro. Le encuentro un sentido y lo asumo. Como dice el sabio refranero español: “no hay mal que por bien no venga”. Así de simple.

La cruz gloriosa de Cristo

Pensemos por un momento en la Cruz de Jesucristo. Fue un aparente fracaso, pero llevaba en sí la fuerza redentora y gloriosa de la Resurrección. Su dolor, aceptado en la voluntad de su Padre, se transformó en vida y Salvación para todos. Esta sabiduría de la Cruz, “escándalo y necedad” para muchos, se convierte desde la fe en camino de superación y plenitud. Cristo no ha venido a quitarnos nuestras cruces de cada día, pues son buenas y necesarias para nuestra Salvación. Simplemente nos invita a cargarlas y compartirlas desde el convencimiento de que Dios sabe hacer bien las cosas y de que sus caminos, a veces inescrutables, son más altos que los nuestros. Es en el fracaso de las fuerzas humanas cuando el hombre aprende a conocerse a sí mismo en la debilidad y se abre al don del Otro. Es desde la luz de la fe desde donde podemos aceptar y transformar nuestras cruces: las crisis en oportunidad de discernimiento y crecimiento, las frustraciones en ocasión de conversión personal, el dolor en causa de alegría interior profunda, las injusticias y humillaciones en pruebas necesarias para renovar nuestras energías.

El cristiano que se sabe amado por Dios en su Providente forma de llevar la historia del mundo y de los hombres, tiene en sí el germen de una alegría interior profunda, fruto del Espíritu Santo, que le da:

1.La certeza del Amor de Dios (la Fe).
2.El sentido definitivo de la Vida Eterna que ha comenzado ya y que llegará a su plenitud (la Esperanza).
3.La conciencia de la necesidad, junto con el impulso, para llevar esta Buena Noticia a todos (la Caridad).
Estas tres virtudes son un don de Dios (teologales) y hacen que la postura mental positiva fundada en ellas considere como valioso en sí mismo y eficaz todo trabajo y dolor, aunque humanamente no aparezca el éxito inmediato. “Todo conduce al bien para aquellos que aman a Dios”.

La profecía auto-realizada: la actitud ante las obras determina su desenlace

Dicho esto, podemos decir que sólo quien programa su vida con optimismo, logrará alcanzar sus metas.

El éxito o fracaso no dependen de la suerte; dependen de nuestra actitud ante la vida y es en nuestras manos donde podemos encontrar la solución.

“Sé que no voy a conseguir ese trabajo”. “Necesito perder peso, pero no puedo. Todos me dicen que camine y ejercite para mejorar mi forma física y mental, pero sé que eso no funcionará conmigo”. “De hecho, nada funciona en mi vida”. “Tengo un descubierto en mi cuenta bancaria, y no tengo ninguna forma de conseguir el dinero para saldarlo”.

Cada vez que una persona se encuentra diciendo alguna de las anteriores frases, debe tener una certeza: si existía una mínima posibilidad de que algo sea diferente a lo pensado, muy posiblemente se haya evaporado con esa actitud mental negativa. Y la única persona que puede quitar toda esa carga de negatividad de su vida, eres tú mismo. Así, se puede observar que tener un pensamiento negativo sobre la vida en general, es fatal, puesto que no se puede lograr casi nada sin tener ideas positivas al respecto.

Los pensamientos negativos, se convertirán en acciones negativas. Desde el mismo momento en que piensas que no podrás hacer algo de ningún modo, tomarás la acción concreta de no intentarlo, y, si ni siquiera lo pruebas, será imposible que lo logres, con lo cual se cumplirá lo que en psicología se llama “profecía auto-realizada”.

Vivir en el mundo actual no es nada fácil, y no son pocas las persones que sucumben disminuyendo su autoestima y perdiendo confianza en sí mismos. En ese momento, estos individuos ya no creen en su propia persona, e incluso pueden experimentar la sensación de que no merecen ciertas cosas.

Recuperar la autoestima por nuestro origen divino: Somos seres creados por y para el Amor

Por eso mismo, la primera cosa que se debe hacer para romper este círculo vicioso, es justamente reconstruir la autoestima mediante la creencia en uno mismo, autoestima que proviene del valor (independientemente de nuestras limitaciones, debilidades y equivocaciones) que tenemos como personas queridas y concebidas por un Dios que es Amor providente y que desea que todos lleguemos a la plena realización de aquello para lo que fuimos ´”creados por Él y para Él”: la felicidad.

Se trata de tener confianza en que nada está perdido, “todo es posible al que cree”, y de que todos los inconvenientes, problemas y obstáculos a nuestra felicidad son superables y positivos, ya que todo contribuye a nuestro crecimiento y viene en nuestra ayuda: las humillaciones, los fracasos, las dificultades, los miedos, las ansiedades, las depresiones………Todas estas cosas que nos sacuden y sacan de nuestra seguridad se transforman en algo bueno a largo plazo, son pruebas que nos enfrentan con nosotros mismos y nos hacen madurar y extraer de dentro lo mejor que llevamos.

Pero, si no tenemos esta actitud mental positiva, nos hundiremos en el vacío y la soledad más profundos.

Así, lo mejor es no desear librarme de “mis cruces de cada día”, sino que las aceptaré como algo necesario para mi progreso y las agradeceré como ocasión propicia para mi realización personal, como un “regalo divino”. Debemos pedirle a Dios cada día la fuerza y la luz de su Espíritu para salir de nuestra ceguera, es decir, de la negatividad pesimista, y verlo todo con realismo positivo, desde la verdad. Y la verdad es que nuestra vida no va a la deriva, sino que tiene un destino feliz y eterno, derivado del amor de Dios. Seremos curados como el ciego de nacimiento y comenzaremos a ver. Lo primero es aceptar que estamos ciegos y dejarnos curar. Como dice el lema de Siloé: “Para que veas”. Hemos de dejarnos poner barro en nuestros ojos para que nos escuezan y lavarnos en la piscina de Siloé (imagen del Bautismo, la vida cristiana). Y nos sorprenderemos, todo será nuevo, como para el ciego que nunca había visto, para poder iluminar a los que no ven sentido a sus vidas.

Evitar y rechazar la negatividad paralizante: en todo hay algo bueno

Cuando algo suceda en tu vida, sin importar lo que sea, no pienses automáticamente en lo negativo de tal situación, si no en su faceta positiva. Practica manteniendo pensamientos positivos, y, eventualmente, estos se conformarán en una parte de ti mismo.

Así, una vez que hayas logrado desterrar la actitud mental negativa de tu vida, tendrás la enorme satisfacción de empezar a ver cómo aquellas cosas que más anhelas se hacen por fin realidad. Cree en esta nueva bienaventuranza: “Felices los que están en el fondo del pozo, porque a partir de ahora sólo les queda ir hacia arriba”

Vamos a terminar nuestra reflexión con una historia que una vez me enviaron por e-mail y cuyo autor desconozco. Es una buena conclusión que ratifica todo lo dicho anteriormente. Se llama “La señora Pepita” y espero que te ayude:

LA SEÑORA PEPITA

La señora Pepita, bien equilibrada y orgullosa, de 92 años de edad, estaba completamente lista como cada mañana a las 8 en punto, con su cabello bien peinado y un maquillaje perfectamente aplicado pese a ser casi ciega, dispuesta a mudarse hoy a un asilo de ancianos.

El que había sido su marido durante 70 años había muerto, lo que hacía necesario el traslado. Después de muchas horas de esperar pacientemente en la recepción del asilo de ancianos, ella sonrió dulcemente cuando le comunicaron que su habitación ya estaba lista.

Mientras ella maniobraba su andador al ascensor, yo le daba una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las sábanas y cortinas que habían sido colgadas en su ventana. "Me encantan", dijo ella con el entusiasmo de un chiquillo de 8 años al que acaban de mostrar un nuevo cachorro. "Sra. Pepita, usted aún no ha visto el cuarto.... espere". "Eso no tiene nada que ver", dijo ella. "La felicidad es algo que uno decide con anticipación. El hecho de que me guste mi cuarto o no me guste, no depende de cómo esté arreglado el lugar, depende de cómo yo arregle mi mente. Ya había decidido de antemano que me encantaría". "Es una decisión que tomo cada mañana al levantarme". "Estas son mis posibilidades: puedo pasarme el día en cama enumerando las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que ya no funcionan, o puedo levantarme de la cama y agradecer por las que sí funcionan. Cada día es un regalo, y por el tiempo que mis ojos se abran me centraré en el nuevo día y en las memorias felices que he guardado en mi mente.....sólo por este momento en mi vida. La vejez es como una cuenta bancaria...uno extrae de lo que había depositado en ella"."Entonces, mi consejo para ti es que deposites gran cantidad de felicidad en la cuenta bancaria de tus recuerdos". “Doy gracias a todos los que han llenado mi banco de buenas memorias”.

Recuerda estas simples 10 reglas para tener una actitud mental positiva en la vida:

1.Libera tu corazón de odios y rencores.
2.Libera tu mente de preocupaciones y temores.
3.Vive humildemente reconociendo que no eres Dios y que tienes derecho a equivocarte.
4.Confía en tu valor como Persona y convéncete de tu destino glorioso.
5.Busca siempre lo bueno, incluso en lo malo.
6.Da más y espera menos en tus sueños: a veces lo que no esperamos es mejor que lo que soñamos.
7.Renuncia a tus ilusiones y no perderás nunca la ILUSIÓN.
8.Limpia los cristales de tus gafas para ver la verdad de las cosas.
9.Nunca eches la culpa de tus insatisfacciones a los demás.
10.Ora con frecuencia y pídele a Dios que te dé su Espíritu de discernimiento para ver las cosas como son y cumplir las reglas anteriores

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